Jesús nos habló sobre la Palabra de Dios comparándola con una semilla que cae en diferentes tipos de tierra. Algunos la escuchan, pero el diablo provoca que la olviden; otros la reciben con gozo, están atentos y toman notas, se sienten bien al escuchar, pero no la profundizan, no la aplican al regresar a su casa. Hay otro tipo de receptores, los que escuchan, pero dejan que los afanes y placeres de la vida la anulen[1]. Para ser buena tierra, es importante que nos enamoremos completamente de la presencia de Dios y seamos adoradores, no solo receptores de la Palabra. En la iglesia tenemos la responsabilidad de enseñar sobre el amor y la adoración al Señor. El momento más importante en una reunión en la iglesia o en un grupo es cuando nos llenamos de la presencia de Dios. Todos debemos ser buena tierra para que el mensaje de nuestro Padre produzca abundante fruto. Para lograrlo debemos ser como niños pequeños que aprenden un nuevo idioma, es decir que escuchamos con atención y luego comenzamos a hablar de acuerdo a esas palabras, entonces, nuestro pensamiento y resultados cambiarán.

Al ser buena tierra, es posible recibir dos tipos de milagros, los inmediatos como las sanidades y la liberación de demonios, y los milagros que requieren un proceso más largo. Esas son las obras del Señor que requieren perseverancia para tomar la Palabra y estar firme en creer la promesa que seguramente vendrá. Esos prodigios son los que podríamos comparar con el proceso de siembra y cosecha, porque lo primero que debemos hacer es preparar la tierra, que en este caso es nuestro corazón[2].

Cuando se dice que la tierra está dura y árida se refiere a un corazón cerrado que no sabe humillarse delante del Señor para dejar que Él haga Su obra. Debemos ablandar nuestro corazón y presentarnos con humildad delante del Señor, con nuestras manos abiertas en señal de recibir lo que Él desea darnos, porque son bienaventurados los humildes que se presentan delante del Padre con un corazón quebrantado que espera recibir milagros. En ese momento de humildad, Dios realmente puede plantar una semilla que crecerá y producirá abundante cosecha. Si la Palabra te encuentra quebrantado de corazón, si tu suelo ha sido arado y preparado, te aseguro que ese milagro que esperas ha sido plantado, porque la semilla de Dios está en buena tierra.

El segundo paso es sembrar la semilla y mantenerla bien hidratada con suficiente agua. Muchas veces cuando pedimos lluvia al Señor, lo cual es una metáfora del Espíritu Santo, lo que realmente necesitamos es lluvia apacible, constante que nos nutra. Oremos para que el Espíritu Santo inunde nuestro corazón, y además busquemos Su presencia constante y suave que nos nutra día con día. A veces, como en los congresos y en la iglesia nos sumergimos por completo, pero también necesitamos buscarlo cada día, para que nos alimente con esa lluvia suave y delicada que hace crecer la semilla de la Palabra en nuestro corazón.

Otro paso importante es mantener limpia la tierra, arrancando la mala hierba que asfixia a la semilla. Esos espinos, maleza y cizaña pueden ser el afán del trabajo, la obsesión por poseer cosas, es todo aquello que nos absorbe, las excusas que nos alejan del Señor. Por eso es importante apartarnos en tiempo especial para Dios; también es bueno tomar un ayuno del celular, de los medios, de lo que nos satura para dejarle espacio libre a la obra de nuestro Padre.

El siguiente paso, es esperar y ser constante al cuidar lo que está creciendo. Los milagros inmediatos podrían ser más divertidos porque es emocionante ver enfermos sanar y personas ser libres, pero Jesús nos pide que también creamos en ese otro tipo de milagros que requieren paciencia para ver el cambio. La Palabra dice que el Señor renovará nuestras fuerzas para que esperemos. La buena noticia es que Dios está con nosotros durante esa espera, Él no nos abandona mientras esperamos pacientemente el milagro. El enemigo quiere que pienses que Dios te ha abandonado, pero yo te aseguro que Él está contigo. Jesús es nombrado como Emanuel que significa “Dios con nosotros”.

Aunque no veas la semilla porque está dentro de la tierra, sabes que algo maravilloso está sucediendo allí en lo oculto, ¡el milagro está a punto de ser visible! Quien ha sembrado sabe que luego de largas jornadas de no ver nada más que tierra, de pronto un día, es posible ver el fruto creciendo y toda la espera tiene sentido. ¡No desesperes! Si estás cansado de esperar, si has perdido la esperanza, yo te digo que la vida viene en camino. Dios no te ha abandonado. Por el poder del Espíritu Santo, damos gracias porque nuestro Padre está con nosotros. Dile: “Padre, venimos delante de ti para recibir la lluvia fresca de este día. Quiero recibir todos los días esa lluvia constante y segura que hará crecer la semilla de la fe en mi corazón humillado, para que finalmente, vea el milagro que espero”.


[1] Lucas 8:11-15 dice: Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven. Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan. La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto. Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.

[2] Oseas 10:11-12 comparte: Efraín es novilla domada, que le gusta trillar, mas yo pasaré sobre su lozana cerviz; haré llevar yugo a Efraín; arará Judá, quebrará sus terrones Jacob. Sembrad para vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia; haced para vosotros barbecho; porque es el tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga y os enseñe justicia.

 

  • La ley de la Granja