La gente siente curiosidad por saber quién es nuestro Señor, son como Zaqueo que se subió a un árbol solo para verlo. Ellos se acercan a ver y quitarse la curiosidad, pero nosotros aún no nos acercamos a ellos por vergüenza, pena o miedo, tal como me sucedió cuando vi a mi esposa por primera vez en la universidad y no me atreví a hablarle. Tampoco le hablé cuando la vi en la iglesia, hasta que finalmente, Dios la puso en mi grupo y allí sí tomé valor para acercarme. Debemos superar nuestra ansiedad y buscar a las personas, hablarles, porque no sabemos todo el bien que podemos hacer sin darnos cuenta, así como Jesús se acercó a Zaqueo, quien recibió la salvación[1]. ¿A quién te estás acercando? A tu grupo no solo deben ir los de siempre, los de la foto, busca alcanzar a más personas. ¡Comienza a tocar puertas! Seguramente alguna se abrirá y seremos de bendición. Aprendamos de Jesús, porque Él lo hizo de esa forma. No esperaba que la gente lo buscara, aunque lo hacían, sino que buscaba acercarse a ellos.

 

Somos participantes del supremo llamamiento de Dios[2] y debemos hacerlo con profesionalismo. ¡Eso es emocionante! Jesús es quien nos dice: “Ve y haz”, Él es quien nos llama e involucra en el llamamiento de compartir Su mensaje. Acércate a las personas y hazlo con excelencia[3]. No puede ser que un deportista se esfuerce en ser el mejor, y nosotros no lo hagamos cuando nuestra tarea es mucho más trascendental, porque tenemos el compromiso de compartir la Palabra.

 

¿Cómo nos hacemos copartícipes del Evangelio? Debemos acercarnos con amor, tratando de adaptarnos a quienes deseamos alcanzar, tal como hacía Pablo que dice: “Me he hecho igual a todos, para que se salven”[4]. Si necesitamos ponernos un traje formal, hagámoslo, o si es necesario usar un jeans roto, también hagámoslo. Adaptémonos para ser copartícipes del Evangelio y compartirlo. Mi esposa y yo hemos desarrollado varias estrategias, una de las que más nos ha funcionado es bendecir a alguien pagando su cuenta en un restaurante, en el supermercado o en otros lugares y enviarles o darles directamente una tarjeta que dice: “Jesús ya pagó el precio”. Les anotamos nuestro nombre, teléfono y un mensaje de la Palabra. Muchas personas nos han llamado para agradecernos, y gracias a Dios, hemos impactado vidas. ¡Atrévete a ser audaz para compartir el amor de Jesús!

 

Sabemos que la Palabra de Dios es poderosa, tanto que incluso todo fue hecho a través de Su Palabra[5], así que debemos aprender a formar y provocar vida con ella. El poder de Dios está en nosotros y debemos compartirlo. Los profetas lo hicieron. En la Escritura vemos que Ezequiel creyó, dijo lo que Dios le había ordenado y ¡los huesos secos comenzaron a unirse![6] Debemos aprender a hablar con poder la Palabra de Dios y veremos maravillas. Ahora seremos retados a llevar el mensaje del Señor de todas las formas que sea posible.

 

No son nuestras palabras las que diremos, sino las de nuestro Señor[7]. ¡Qué hermoso acto de humildad de Dios hacer Su obra a través de nosotros! Cuando tú entregues ese mensaje de parte del Padre, confía porque eres un mensajero a quien se le abrirán puertas. Dile: “Señor, gracias por darme la oportunidad de compartir Tu mensaje, Tus Palabras que cambiarán vidas”.

 

 

[1] Lucas 19:1-6 relata: Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.

 

[2] Hebreos 3:1 dice:  Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús;

 

[3] Hebreos 4:14 comparte: Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.

 

[4] 1 Corintios 19:19-24 (TLA): Aunque soy libre, vivo como si fuera el esclavo de todos. Así ayudo al mayor número posible de personas a creer en Cristo. Cuando estoy con los judíos, vivo como judío, para ayudarlos a creer en Cristo. Por eso cumplo con la ley de Moisés, aunque en realidad no estoy obligado a hacerlo. Y cuando estoy con los que no obedecen la ley de Moisés, vivo como uno de ellos, para ayudarlos a creer en Cristo. Esto no significa que yo no obedezca la ley de Dios. Al contrario, la obedezco, pues sigo la ley de Cristo. Cuando estoy con los que apenas empiezan a ser cristianos, me comporto como uno de ellos para poder ayudarlos. Es decir, me he hecho igual a todos, para que algunos se salven. Y todo esto lo hago porque amo la buena noticia, y porque quiero participar de sus buenos resultados. Ustedes saben que, en una carrera, no todos ganan el premio, sino uno solo. Pues nuestra vida como seguidores de Cristo es como una carrera, así que vivamos bien para llevarnos el premio.

 

[5] Génesis 1:3 comparte: Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

 

[6] Ezequiel 37:1-7 (TLA) relata: El poder de Dios vino sobre mí, y su espíritu me llevó a un valle que estaba lleno de huesos. Me hizo recorrer el valle de un lado a otro, y pude ver que allí había muchísimos huesos, y que todos estaban completamente secos. Entonces Dios me dijo: —Ezequiel, hombre mortal, ¿crees que estos huesos puedan volver a la vida? Yo le respondí: —Dios mío, sólo tú lo sabes. Dios me dio entonces esta orden: —Diles de mi parte a estos huesos que presten atención a este mensaje: “¡Huesos secos, yo voy a soplar en ustedes, para que reciban el aliento de vida y revivan! Voy a ponerles tendones, y a recubrirlos de carne y piel. Voy a darles aliento de vida, para que revivan. Así reconocerán que yo soy el Dios de Israel”. Yo les dije a los huesos lo que Dios me había ordenado decir. Y mientras hablaba de parte de Dios, escuché un ruido muy fuerte. Eran los huesos, que se estaban juntando los unos con los otros.

[7] Éxodo 4:12-13 relata: Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar. Y él dijo: !!Ay, Señor! envía, te ruego, por medio del que debes enviar.

 

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